domingo, 20 de febrero de 2011

CONSUME MENOS PARA SER MÁS FELIZ

Afirma un dicho judío que nuestra mejor virtud constituye también nuestro peor pecado. Una de las grandes virtudes de los humanos, especialmente en nuestra sociedad occidental, es el afán por investigar, domeñar y mejorar la Naturaleza para que se adapte a nuestras necesidades: creamos hospitales para luchar contra la enfermedad, coches para acortar distancias, calefacción central para no sufrir las inclemencias del invierno… Todo ello nos permite vivir con comodidad y bienestar.
Este talento humano nos facilita el gozar de una cierta protección y control que nos lleva a ser más confiados; nos deja tiempo libre y desarrolla nuestras vidas más allá de la mera supervivencia física. Sin embargo, el loable esfuerzo por mejorar la calidad de vida y gozar de bienestar a veces se convierte en una suerte de obsesión por evitar el sufrimiento a toda costa. Como niños malcriados nos negamos a aceptar el dolor inevitable de perder a un ser querido, el dolor del desamor, el sufrimiento causado por una enfermedad… Los media y la publicidad proporcionan solo placer.
Por otra parte, las noticias y las películas se encargan de recordarnos que el sufrimiento y el dolor están ahí, a la vuelta de la esquina. El consumo permite escapar al miedo. El mensaje ambivalente se traduce en: “Tened miedo, vuestra ansiedad es real”. El consumo desmesurado, ya sea de ropa, comida, alcohol, marihuana, música o emociones, es el becerro de oro de esta sociedad: consumid, malditos. Supone un mecanismo ideal para mantenernos callados, atemorizados, indefensos y, por tanto, hacernos inofensivos e inocuos. El intento de protegerse y gozar de bienestar se convierte sin darnos cuenta en una obsesión por acaparar. La reacción instintiva al probar algo que nos hace sentir bien es repetir el estímulo una y otra vez, pero el hábito mata el encanto. Es la adicción al placer, que, como toda adicción, necesita subir la cuota de “consumo” continuamente.

Tal vez, la novedad y la moderación resulten ingredientes esenciales para que ciertas actividades y objetos nos reporten placer y felicidad, pues, al volverse habituales y cotidianos, la magia se esfuma. Entre los productos que más consumimos, las emociones ocupan un lugar destacado: cada vez necesitamos emociones más fuertes para sentir algo, porque nuestra alma está adormecida por la saturación. En los países ricos, hay más personas con desórdenes psicológicos: bulimia, anorexia, depresión, ansiedad… y van a más. Estamos matando el alma, y ésta se resiente y protesta.
Hacer renuncias “conscientes”, como usar menos el coche, tener menos ropa, no ir tanto de vacaciones y trabajar menos… podrían ser el mejor regalo que nos hiciéramos a nosotros mismos. Si conscientemente comiésemos menos y mejor, nuestros achaques y las visitas al médico se harían más esporádicas; si no cogiésemos el coche todos los fines de semana, ¿os imagináis cómo disminuiría la contaminación? ¡Cuánto más apreciaríamos esa salida especial o el lujo de comer un día fuera de casa! En occidente, el consumismo nos está saliendo caro, no sólo desde un punto de vista económico y ecológico, sino también desde la perspectiva de la salud física y mental.

Nos espera un gran reto: madurar y crecer a nivel individual. Otra imagen que fomenta esta sociedad es la del eterno adolescente: feliz, sin problemas ni responsabilidades, viviendo al día y sumergido en un mundo egocéntrico. Olvidamos que ésta es una etapa de la vida, necesaria pero en la que no podemos quedarnos estancados, porque el adolescente es también irresponsable, aún no tiene un sentido de identidad, y carece de la capacidad de establecer límites en beneficio propio; las hormonas rigen en gran medida su conducta, y no ha tenido tiempo de adquirir sabiduría, compasión ni visión a largo plazo.

Cuando hombres o mujeres de 30, 40 y 50 años siguen comportándose como adolescentes, se niegan a aceptar, por ejemplo, que poner invernaderos es pan para ellos y veneno para sus netos; que pasarse con el alcohol a diario es reventarse el hígado; se niegan a que la vida los enseñe. Existen verdades incómodas, y es mejor no pensar (algo que sí hacen, por suerte, los adolescentes)… A ver qué echan en la tele; tengamos discusiones acaloradas acerca de la superioridad del Barça sobre el Madrid, pero, por Dios, no paremos un momento, porque entonces siento dentro de mí una oscuridad que me traga…

Lo curioso es que ese escapismo se vuelve nuestro peor enemigo, y la imaginación nos juega una mala pasada, haciéndonos creer que la enfermedad, el desamor o el sufrimiento, son en realidad mucho peores de lo que son cuando llegan. Nos aferramos a Hollywood. Los budistas y otras corrientes dicen que el sufrimiento es producto de la ignorancia, de no conocer nuestra propia naturaleza y nos invitan a madurar, a ser adultos, a guardar silencio de vez en cuando para mirar las cosas “tal y como son”. No se trata de buscar el sufrimiento ni el dolor, sino de sentirlo y aceptarlo cuando llegue, para crecer con él y hacernos seres más compasivos y sabios, menos neuróticos y más receptivos a la verdadera felicidad. Tal vez no podamos encontrar el bienestar personal hasta que cada uno de nosotros ponga límites y reglas al niño malcriado que tanto fomenta esta sociedad y que todos llevamos dentro. Madurar es bueno, porque puede ayudarnos a ser seres más justos y felices.


Luisa Fernández (Artículo publicado en The Ecologist, Verano 2009)

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