martes, 6 de abril de 2010

SOBRE LA FELICIDAD (Por Georges Oshawa)


Buen humor: Un hombre en buena salud, feliz y libre será alegre y afectuoso en cualquier circunstancia. Es un hombre “sin penas y sin miedo”. Si la acumulación de dificultades os hace más feliz, con más coraje, sois un hombre sano y de buen humor.
Vuestro aspecto, vuestra voz, vuestra manera de andar e incluso vuestra cólera deben ser una distribución del reconocimiento a todos aquellos que os ven y os escuchan. Un pájaro que canta, una luciérnaga, mariposas que vuelan y brillan, una pequeña flor anónima, un perrito o un pez, pueden inspirar al hombre una poesía profunda, como los poemas de Tagore, por su alegría, su felicidad sana, su delicadeza, su energía, su vivacidad, su sabiduría instructiva.
¡Cuántas veces hemos enviado el vuelo libre del halcón en el azul infinito! Cada cosa y cada ser en la naturaleza nos infunden la profunda felicidad de vivir. Un trozo de piedra es una fuente de felicidad inmensa para el geólogo.
Las estrellas, el sol, las montañas, los ríos, los mares, los cielos infinitos son nuestros; ¿Cómo podríamos dejar de ser felices? Estamos alegres y de buen humor, como un niño al que se le da una caja de juegos; en el caso contrario, no estamos en buen humor.
¿Cuántos amigos íntimos tenéis? El número y la variedad de vuestros amigos constituyen el barómetro de vuestro comportamiento; vuestros padres, vuestros hermanos y hermanas, no son “amigos”. Un amigo es aquel que os aprecia, os ama y os admira en todo lo que hacéis y pensáis, que os ayuda a realizar a cualquier precio vuestro sueño, eso para siempre sin que se lo pidáis.
¿Cuántos tenéis? ¿Muy pocos? Entonces es que sois un enfermo o un triste delincuente. No tenéis bastante humor para hacer felices a vuestros semejantes. Si admitís que poseéis dos billones y medio de amigos, entonces podéis decir que tenéis amigos o que vosotros mismos podéis ser un amigo. Asimismo si consideráis el conjunto de la humanidad, vivos o muertos, como amigos vuestros, aún no es suficiente. Os hace falta amar y admirar cualquier cosa tan bien como cualquier ser, un grano de arena, una gota de agua de lluvia, una brizna de hierba.
Esto es el buen humor. El Dr. S. Martine dice: “Cada vez me he inclinado sobre la obra de la naturaleza, he amado y admirado siempre la simpatía de sus medios” (“Ensayos medicinales y observaciones”, Edinbourg 1747). Will Roger (autor americano) dice: “I have never met a man i couldn’t like” (No he encontrado jamás a un hombre al que no haya amado)
Sí no podéis hacer de vuestra mujer o de vuestros hijos “amigos”, es que estáis muy enfermos. Sí no sois absolutamente felices donde sea y en cualquier momento, es que estáis ciegos al mundo de la relatividad y al universo infinito y absoluto, que está lleno de maravillas.
Sí tenéis alguna mínima causa de queja, sea moral, mental, fisiológica o social, será mejor cerrar vuestra puerta, como un caracol de mar, para no dar placer más que a vosotros mismos y para ser comido por algún pescador perverso.
Si no tenéis muchos amigos, observad estrictamente las directivas preparatorias, tomad algunas cucharadas de café de “gomasio” (sésamo y sal) cada día, afín de neutralizar con el tiempo la acidez de vuestra sangre y cambiar en lo sucesivo el hombre “Tamasik” (yin) o “Rajasik” (yang) que sois en un “Satwik” (yin-yang en un buen equilibrio) de larga vida; lo constatareis con vuestro hijo en algunas semanas, si no es en algunos días.

Es muy raro encontrar en los tiempos que corren un hombre feliz (esto es extraño, pasa lo mismo con las mujeres) en la calle, en el despacho de correos o en las tiendas. Una buena mitad de nuestra sociedad está enferma: no la censuréis, ellos no saben cómo alcanzar la felicidad, aunque aspiran a ella con ardor. ¡No saben lo que hacen!
El hecho de estar alegre implica una distribución continua de alegría, un manantial profundo y universal de gratitud por el don de la libertad infinita, de la felicidad eterna y de la justicia absoluta que nos han sido dados desde el nacimiento, y que nos hacen vivir.
¡Repartid la felicidad, el buen humor y la sonrisa; una voz agradable, una simple palabra “gracias” en toda circunstancia, y tan a menudo como podáis!
La felicidad no es sólo una política concebida en occidente que se resume en “dar y tomar” sino que consiste en dar y dar al infinito. No perdéis nada.
¡Sois hijos e hijas del universo infinito quien crea y produce todo lo que os es necesario! Si tenéis miedo de perder vuestro dinero o vuestra propiedad practicando este principio de “dar y dar”, es que estáis enfermos, infelices, y que vuestro juicio supremo está totalmente o parcialmente obscurecido. No podéis ver este grandioso “Orden del Universo”.
La ceguera del juicio es más desesperante que la ceguera de la vista. Tenéis que curar lo más pronto posible.
Sí tenéis miedo de perder vuestro dinero o vuestros bienes, sois víctimas de amnesia. Habéis olvidado el origen de vuestra fortuna y de vuestro bienestar, el universo infinito.
Si dais a alguien una pequeña o una gran parte de vuestra fortuna, esto no está conforme a nuestro principio oriental: “Dar y dar y dar al infinito”, pues traducís el principio occidental de “dar y tomad” al lenguaje oriental. Es un camuflaje del espíritu de avidez de las teorías económicas de Mill o Adam Smith, que no son otra cosa que el instrumento destinado para justificar la colonización y la explotación por la fuerza de las religiones orientales.
El don oriental es un sacrificio, la expresión o la realización de uno mismo (la suprema capacidad de juicio, la libertad infinita, la felicidad eterna, la rectitud absoluta; sacrificar es dar la vida).
Hoy en día hay muchos hombres llamados asistentes sociales, una de las peores explotaciones occidentales. Ellos dan lo que han robado, que es el resultado de la explotación o de la mendicidad. ¡Qué astucia! ¡Dar lo que habéis recibido de los demás, no constituye en absoluto un sacrificio! Se trata de un transporte o de una transmisión, como los cuarenta ladrones de Alí-Babá.
La madre tierra se da ella misma, enteramente, y muere para alimentar la hierba. La hierba se da para los animales; el animal salvo el hombre, da su vida para embellecer el mundo, para volverlo interesante y maravilloso.
¿Porqué el hombre no se da? La tierra muere y se transforma en hierba, la hierba fecunda la tierra y alimenta a los animales, el animal da su vida para que el mundo sea vivo e interesante. El hombre a su vez debe morir para realizar el más maravilloso milagro de la libertad infinita, de la felicidad eterna, y de la justicia absoluta durante toda su vida.

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Nutrición para la salud by Agnès Emmanuelle Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

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